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No deja de sorprenderme como encajan cuestiones de fondo filosófico con la fotografía. Hace unos días escuchaba en la radio a Irene Lozano en su espacio "Más Platón y menos Whatsapp" de La Ventana en Cadena Ser. El planteamiento era sobre la imposibilidad de abarcar la totalidad de las cosas que el entorno nos ofrece y la necesidad de elegir con buen criterio. Sin embargo, no podía quitarme de la cabeza que este es precisamente el reto que se le plantea a un fotógrafo en cada fotografía.

El mundo que nos rodea, es un océano de estímulos, de cambios que abruman nuestros sentidos, impidiendo que podamos centrar la atención en los detalles significativos. Nuestro cerebro reparte la atención a la totalidad, o casi, de los estímulos, y no profundiza en ellos, pasamos sobre estos detalles con superficialidad, y esta forma insensible de observar se convierte en nuestra forma de mirar.
Cuando uno coge la cámara y pretende fragmentar la realidad en fotografías significativas, no puede capturar todo lo que tiene delante, como dice F. Sabater, "...el ser humano es una animal condenado a elegir". Y uno sólo puede elegir si presta atención, es necesario entrenar la mirada para dejar fuera la complejidad del entorno y detenerse en los detalles.

La mayoría de las veces, nos detendremos en detalles insignificantes, y unas pocas, en detalles que una vez aislados en nuestras fotografías cobrarán importancia para nosotros. De estas decisiones convertidas en fotografías se conforma el tejido de nuestra propia identidad libre, y para elegir bien, el fotógrafo necesita unos principios, un baremo que nos permita ponderar, a priori, la fotografía que queremos obtener.

REFERENCIAS: